Inspirado libremente en Tristes Trópicos de Claude Levi-Strauss, este díptico no describe un viaje, sino su atmósfera residual. Una lectura silenciosa de lo percibido, donde el paisaje deja de ser lugar para convertirse en sensación.
Las dos obras funcionan como respiraciones complementarias de un mismo desplazamiento: una deriva lenta entre luz y memoria. Se sugiere como huella, como temperatura visual.
La paleta – amarillos apagados, marrones cálidos y tonos de papel natural – construye un territorio íntimo, casi táctil. No es color descriptivo, sino materia en suspensión: luz filtrada, superficie desgastada, recuerdos.